Yo no estoy dispuesto a entregar mis armas en caso de que todos lo hagan. Yo me haré morir con los pocos que me acompañan porque es preferible hacernos morir como rebeldes y no vivir como esclavos. (Augusto César Sandino).

sábado, 12 de noviembre de 2011

Reflexión sobre la integración regional y la globalización de la ciudadanía y la nacionalidad




     Introducción

A pesar de los innumerables trabajos dirigidos al estudio y análisis del fenómeno de la globalización no es fácil encontrar un intento de definición que vaya más allá del nivel descriptivo.
En términos generales, por globalización se entiende el movimiento acelerado de bienes económicos a través de las barreras regionales y nacionales. Este intercambio incluye personas, productos y por sobre todo, las formas tangibles e intangibles de capital. El efecto inmediato de la globalización es la reducción de la "distancia económica" entre países y regiones, así como entre los actores económicos mismos, incrementando, de este modo, las dimensiones de los mercados y la interdependencia económica.

El proceso de integración regional es un elemento fundamental para insertar en la globalización. Ciertamente la integración regional es una de las salidas estratégicas en Latinoamérica, para aumentar la escala de los mercados, para sumar recursos y para complementar. Esto se ha visto no sólo en materia estrictamente comercial, sino también en materia Social. En tal sentido, la integración regional juega un papel importante, pero vista como un proceso abierto, como un proceso integrado a esa internacionalización.

  
Reflexión sobre la integración regional y la globalización de la ciudadanía y la nacionalidad

Una de las transformaciones actuales más significativas en el Cono Sur de América Latina es el lanzamiento del MERCOSUR (Mercado Común del Sur), iniciativa de integración regional que incluye como socios plenos a Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, en asociación con Chile y Bolivia a través de tratados de libre comercio. Los cuatro países firmaron un acuerdo en marzo de 1991, aunque Brasil y Argentina ya estaban comprometidos en un programa bilateral de cooperación e integración desde 1985. Los acuerdos de libre comercio con Chile y Bolivia fueron firmados en 1995 y 1996. El proceso de negociación progresa aceleradamente y los resultados superan las previsiones. Al respecto, después de analizar los principales indicadores, Ferrer señala "que el Mercosur es mucho más que un fenómeno comercial o de inversiones. Se trata de un fenómeno histórico, cultural y político, de vasto alcance en el escenario latinoamericano e internacional" (Ferrer, 1996, p. 565).
La negociación de la "integración" es un proceso "de cúpula", con espacios limitados a la participación de funcionarios estatales, empresarios y sindicatos. Pero el proceso tiene efectos importantes en otras esferas de la vida social y cultural de la región. El objetivo de este trabajo es exploratorio. Se trata de indagar cómo incorporar una perspectiva de género en el análisis de estos procesos sociales y culturales. El punto de partida es claro: no hay una manera única o automática de hacerlo. De ahí que haya que revisar distintas perspectivas y abordajes posibles, o explorar algunos temas que, hasta ahora, han estado ausentes o invisibles, para llegar a plantear algunas preguntas de investigación prometedoras. Para qué hacerlo? El desafío académico se combina con el desafío y la urgencia política. En muchos campos de acción pública y política, los procesos de construcción institucional se han desarrollado sin prestar atención a las diferencias y desigualdades de género. Las mujeres, entonces, llegamos "tarde", a espacios y estructuras institucionales ya consolidados. La lucha por penetrar y conquistar esos espacios se hace muy difícil. Quizás, si la perspectiva de género es incorporada en las etapas iniciales de la construcción del MERCOSUR, la tarea sea más sencilla. 
 
El camino hacia la integración regional en el MERCOSUR está recién en su etapa inicial en lo que hace a acuerdos gubernamentales, pero los vínculos entre las sociedades y los estados tienen hondas raíces históricas: tanto en términos sociales como culturales, las fronteras entre países han sido muy porosas, traspasadas permanentemente por corrientes migratorias (sea por razones económicas o por exilios políticos), por intercambios culturales de diverso tipo y por el turismo. Para ciertas actividades culturales, especialmente para la música pero también para alguna producción mediática, las fronteras prácticamente no existen.

La globalización de la ciudadanía y la nacionalidad

Globalización
En  líneas  generales  por  globalización  se entiende el  proceso  mediante el  cual  se  ha ido  instaurando prácticamente  en  todo  el  mundo un mismo  sistema,  fundamentalmente  económico, pero también político y sociocultural basado en la inmediatez de las relaciones  y de las transacciones económicas. En este nuevo orden mundial, el organismo que marca  las normas y dirige cualquier acontecimiento a lo largo de todo el planeta no es otro sino el  mercado y su alcance se puede considerar planetario. Como resultado del proceso, sin duda  impulsado por  las  nuevas  tecnologías  de  la  información,  se  ha  creado  lo que  algunos  autores  han  venido  en  llamar  sociedad-red.  De esta  forma,  y  como  consecuencia  clave (también  como  motor  principal),  las  economías  mundiales se  han  vuelto  tan  interdependientes entre ellas lo cual  marca las nuevas relaciones entre los estados y  la sociedad . Se trata de la llamada “Era de la información”
Frente  a  la  inevitabilidad de  la  nueva  sociedad  global  ha  surgido una  importante contestación en la forma de un resurgir de las identidades; de tal manera que donde antes se postulaba  la  uniformidad hoy  se está  viviendo,  entre  otras  cosas,  el  renacer  de  los nacionalismos. Este fenómeno se está viendo fundamentalmente ya desde principios de los años  90 del  siglo  XX. Sin embargo, el resurgir de las identidades no se refiere sólo a las identidades nacionales  sino  a  todo  tipo de colectivos minoritarios, ya sea en función de sus creencias religiosas o de sus preferencias sexuales.
Esta  respuesta  no obedece  sólo  a  los  aspectos  políticos  o  económicos,  sino que principalmente tiene que ver con la reafirmación de la cultura propia, que el pensamiento único pretende  situar  en un plano  inferior  y  secundario.  La  nueva contestación  a  la tendencia  uniformadora  se  ha  planteado desde  numerosos  frentes  y  bajo numerosas  y diferentes  formas,  pero  la  que aquí  nos  ocupa es  el  ya  mencionado  renacimiento de los nacionalismos, tendencia política y cultural que muchos habían dado por extinguida y que para algunos supone un paso atrás en la historia de la humanidad. No obstante, negar que los  nacionalismos  son  atemporales  es  como negar  el  derecho ya  no  sólo de los  pueblos, sino de  cualquier  colectivo,  a  reivindicar  sus  características  como  iguales  a  las  de  los grupos  mayoritarios.

El nacionalismo
El nacionalismo como tal surge fundamentalmente en los siglos XVIII y XIX cuando, en  plena vorágine romántica, se extiende la idea de pertenencia a un pueblo o nación histórica con unos  rasgos  claramente  definidos  que la  diferencian de las  demás  y  que  delimita la  identidad  individual  y  colectiva.  Si  bien  la creación de  los  estados  nacionales  ya  había  tenido lugar en algunos casos muchos años antes, es en este momento cuando se extiende la  idea clásica de nacionalismo.
En esta época, la idea de nación tenía un contenido étnico básico a la hora de definir quién  era  y  quién  tenia  derecho  a  ser  miembro de  dicho pueblo.  A  menudo,  los  intelectuales  nacionalistas buscaban un pasado común y exclusivo de tal modo que las características no  se limitasen sólo a una lengua o a una cultura identificadora, sino también a una tradición  secular a menudo con un rigor histórico cuando menos discutible. Se creaba así la idea de  que el pueblo había existido como tal a lo largo de toda la historia.
Normalmente  las  reivindicaciones  de  esos  nacionalismos  estaban  en  relación  con  la  consecución de  un  Estado-nación propio,  a  pesar  de  que el mismo  concepto de  nación  nunca  estuvo  claramente  definido  y  sí  estuvo,  en  cambio,  sujeto  a  diferentes  interpretaciones. Aún así, es la época en la que se forman nuevos estados como es el caso de Italia o Alemania.
La nacionalidad sólo puede entenderse ante la existencia del Estado. Si no existe el Estado, sólo hay individuos, habitantes u ocupantes de cierto espacio geográfico, vinculados entre sí por situaciones de hecho. La nacionalidad es un atributo personal derivado de la realización de un supuesto jurídico, y, por lo tanto, de un orden legal preestablecido.
Con diferentes modalidades, la mayoría de los Estados han establecido la posibilidad de que personas que no tenían originalmente su nacionalidad puedan adquirirla a posteriori, en general, mediante una declaración de voluntad manifestada previo cumplimiento de ciertas condiciones.
La nacionalidad, en estos casos, no depende ya del hecho fortuito de haber nacido en un territorio determinado o de nacer de unos progenitores que la tenían, sino de un hecho voluntario que persigue vincular a quien lo exprese con una determinada sociedad política, su cultura, su manera de vivir y su sistema de valores.
Venezuela ha sido tierra dispuesta a la inmigración y es uno de los países que con mayor amplitud ha considerado la materia referente al ingreso de extranjeros a su territorio y también a la eventual naturalización de éstos.

Ciudadanía
Se define a ciudadanía como: condición social de un miembro nativo o naturalizado de una ciudad o Estado. Posición de miembro de un Estado con derechos y deberes definidos.
La teoría moderna de la ciudadanía, que surge con las publicaciones de Thomas Paine, fue definida en Gran Bretaña por T.H. Marshall como una lucha entre el sistema de clases sociales y los derechos de los ciudadanos. El sistema de clases utiliza el mercado para conferir poder y ventajas sociales, y el resultado de la mercantilización del estatus social es, típicamente, la desigualdad. La ciudadanía se relaciona con el Estado para demandar derechos para sus miembros y, a cambio, el Estado le impone deberes como el servicio militar o el cumplimiento del derecho vigente. El creciente poder de la ciudadanía se inicia con la inauguración de los derechos fundamentales de hábeas corpus en el siglo XVIII y a continuación sigue con la lenta difusión del sufragio político en el siglo XIX y la posterior extensión de los derechos sociales a las pensiones, la sanidad y la educación ya en el siglo XX. Algunos opinan que el sistema de clases y la ciudadanía están en pie de guerra y que el Estado de bienestar es su campo de batalla actual.
El concepto de ciudadanía, base y fundamento de la legitimidad y la representación política aparece en la primera Constitución liberal española de 1812, pero también se extendió por toda la América española, sirviendo de fundamento a los movimientos de emancipación, que desembocaron en la independencia y la redacción de las constituciones liberales en los nuevos países.
La ciudadanía es el resultado de las luchas y reclamos políticos, étnicos, económicos y culturales ocurridos en contextos históricos definidos. Expresa el vínculo entre el Estado, sus instituciones y sus miembros. La ciudadanía conlleva la obligación de cumplir deberes específicos, el respeto a las leyes establecidas y a la autoridad por parte de los ciudadanos. Actualmente se vincula el concepto de ciudadanía con la democracia participativa, puesto que los ciudadanos tienen que poner en práctica todos los métodos de participación posibles para contribuir con el logro de mejoras necesarias para su comunidad y en general para la nación a través de las instituciones del estado.
En relación a la ciudadanía en Venezuela, esta está plenamente garantizada por la constitución nacional vigente y nuestro libertador expreso lo siguiente, "…penetraos bien de que sois todos venezolanos, hijos de una misma patria, miembros de una sociedad y ciudadanos de una misma República…".
La historia de la humanidad es la de la sucesión de relaciones sociales y políticas entre sociedades y culturas. Hay guerras y luchas por dominar a otros; hay momentos de mutua comprensión, creatividad y enriquecimiento a través del contacto cultural. De hecho, se puede ver como la historia de diversas respuestas a la pregunta, "¿cómo se comportan los grupos sociales hacia otros que no pertenecen a la misma comunidad? ( y ¿cómo deberían comportarse?)". Esta preguntas se pueden hacer desde el plano interpersonal hasta el plano de los contactos internacionales e interculturales.
En todos los casos, hay un "yo" y un "otro/a", un "nosotra/os" y un "ello/as", una clasificación del mundo en dos categorías de personas. Esta distinción básica permea la vida "normal". Sin embargo, no hay nada en la naturaleza biológica de la humanidad que ubique a las personas o grupos en tales categorías diferenciadas. Los pueblos y las culturas definen y construyen esos "nosotros" y esos "otros" como parte de sus procesos históricos. Es bien sabido que lógicamente es imposible establecer un principio de identidad sin al mismo tiempo establecer un principio de diferencia. Pero quiénes están de un lado de la línea o del otro, y cuál es la actitud frente a esos otros, es variable y depende de circunstancias y contingencias históricas.
En el escenario internacional contemporáneo, resulta urgente comprender las relaciones con los "otros". Los procesos de globalización en curso crean oportunidades para el contacto cultural y la creatividad. Al mismo tiempo, se crean nuevas formas de intolerancia. El racismo y la xenofobia, las guerras étnicas, el prejuicio y el estigma, la segregación y la discriminación basadas en nacionalidad, raza, etnicidad, género, edad, clase, condición física, son fenómenos muy extendidos y llevan a niveles de violencia muy altos. Todos ellos constituyen casos de no reconocer a los otros como seres humanos plenos, con los mismos derechos que los propios .Son casos en que la diferencia genera intolerancia, odio, y la urgencia de aniquilar al otro. Sin embargo, esas mismas diferencias, puestas en un contexto de tolerancia y apertura, de responsabilidad y cuidado hacia el otro, ofrecen la oportunidad de explorar nuevos horizontes y enriquecer las experiencias vitales.
Históricamente, la esclavización sistemática y la dominación estuvieron basadas en ideologías de la superioridad racial o cultural. Las así llamadas razas o pueblos "inferiores" podían ser eliminadas (como en la "solución final" Nazi) o podían ser sometidas bajo condición de que sirvieran a sus superiores. Sólo gradualmente (y no de manera universal), se ha ido generando una visión de la igualdad básica de la humanidad, codificada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Proclamada en el contexto de la postguerra, la Declaración representó un intento de prevenir nuevos horrores, más que una expresión de consenso universal. Esto está explícito en las Consideraciones de la Declaración: "Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad..."
El reconocimiento y la identificación de los derechos humanos universales no implican la uniformidad y homogeneidad de la humanidad. El derecho de las colectividades e individuos a elegir su propio modo de vida, es decir, el reconocimiento del derecho a la diferencia, es parte del paquete de los derechos humanos. Pero, ¿no son éstos contradictorios? ¿Cómo puede la universalidad de los derechos coexistir con el pluralismo cultural, de género, de grupos, que expresan su diversidad? ¿Cómo conciliar o convivir con estas contradicciones y tensiones?
Estas cuestiones generales han sido, y siguen siendo, el núcleo del debate y de luchas sociales concretas acerca de la definición de la ciudadanía dentro de estados-naciones, acerca de los derechos colectivos de las minorías, acerca de los derechos de los migrantes y acerca del multiculturalismo. Las posiciones cubren el espectro total, desde el relativismo cultural extremo (para el cual "todo vale" y no es posible juzgar o evaluar) hasta la búsqueda de raíces biológicas universales del comportamiento humano basada en supuestos criterios "científicos" de la humanidad, posición que en última instancia produce jerarquías y promueven la exclusión. En este debate, la propia noción de etnocentrismo debe ser reanalizada, no sólo como concepto analítico sino en sus implicancias políticas y morales (entre otros, Geertz, 1984; Rorty, 1986; Todorov, 1991; Benhabib, 1996).
Los procesos de negociación regional y los intentos de construir acuerdos supranacionales generan mayores controversias y tensiones en estas cuestiones. La tendencia a la transnacionalización económica, política y cultural implica cambios irreversibles en conceptos y unidades de análisis y de gestión, fundamentalmente en el estado-nación. En efecto, el estado-nación se fue construyendo durante los últimos dos siglos como foco "natural" de la lealtad y solidaridad de los ciudadanos, como unidad "natural" del poder autónomo y de la soberanía.
Esta naturalidad simbólica no contradice el hecho de que las comunidades e identidades nacionales son construcciones históricas, contingentes e "imaginadas". Pero a lo largo de su historia, desarrollan estados y estructuras institucionales que se erigen como autoridad para ejercer el poder y la violencia legítima, con impactos concretos en la vida cotidiana de sus habitantes. Ese proceso de conformación de los estados nacionales implica también un proceso de institucionalización de límites y fronteras con otros estados. Esto implica que las identidades nacionales adquieren significados en contraste con otras naciones, en una dinámica que involucra siempre a las fronteras, sean éstas las políticas o las simbólicas.
En la actualidad, la centralidad del estado-nación está fuertemente cuestionada: los límites internacionales del estado son permeables a la globalización de la producción, el comercio, la cultura, las finanzas, de lo cual resulta una pérdida de control de los estados sobre sus destinos. Al mismo tiempo y de manera intencional, la soberanía de los estados se ve comprometida por los cambios en los patrones de alianzas y federaciones regionales. Además, en el nivel sub-nacional, el estado se ve desafiado por la revitalización de grupos solidarios basados en diversos criterios --regionales, lingüísticos, religiosos, étnicos, de género o estilo de vida. También por innumerables movimientos sociales que generan sus propias solidaridades.
Los procesos de integración regional plantean la necesidad de repensar la relación entre la ciudadanía y la nacionalidad/el nacionalismo. Si las sociedades multiétnicas y multiculturales cuestionan una noción de ciudadanía que supone homogeneidad e igualdad intra-nacionales, la creación de esferas públicas supranacionales requiere el desarrollo de nuevas formas de ciudadanía. ¿Qué implicancias tienen para el proceso de integración regional las diferencias entre países en los derechos ciudadanos? ¿Qué derechos son transportables por la gente cuando se cruzan fronteras? ¿Qué derechos se adquieren en ese movimiento? La cultura de los derechos y de la ciudadanía "desde abajo", es decir desde la perspectiva de los grupos subordinados en cada sociedad, a menudo implica el desarrollo de nuevas voces, actores y movimientos sociales, que pueden manifestar altos grados de creatividad cultural, sea que esté anclada en viejas o nuevas identidades étnicas, nuevas identidades colectivas, o nuevos compromisos con valores alternativos (Jelin y Hershberg, 1996; Jelin, 1997). Al mismo tiempo, renacen con vigor símbolos de nacionalismo y el debate ideológico acerca de la nacionalidad.
Se sabe  muy poco sobre los procesos de diálogo e integración en el nivel de las sociedades y culturas. Cada nación, y los diferentes grupos sociales dentro de ellas, se acercan a las otras naciones con un bagaje de valores culturales, de tradiciones, de hábitos de relación y de imágenes sobre los otros, y este bagaje influye en la manera en que se irá desarrollando el diálogo. Hay miedos de los chicos frente a los grandes; miedos y rivalidades en el mercado de trabajo; sentidos históricamente construidos de confianza y desconfianza mutua; formas de discriminación y xenofobia. Se hace necesario entonces descubrir estos patrones subyacentes, y estudiar cómo se manifiestan en las prácticas de interacción que se están desarrollando en el plano de las relaciones sociales cotidianas y de la construcción de la nueva institucionalidad regional. 

La Ciudadanía Universal en la Era de la Globalización

La ciudadanía universal es una necesidad para los procesos de convivencia. Todas las personas que llegan a un nuevo país debemos tener todos los derechos que son inherentes a la condición de ciudadano sin vincularse a la nacionalidad, incluido el voto. 
                                                        (Declaración de Rivas, FSMM Junio 2006) 


Los movimientos migratorios en el mundo se han sucedido con diferente velocidad casi junto con la historia del hombre. Se puede  decir incluso, que es parte de la naturaleza humana la necesidad de buscar nuevos territorios, nuevos desafíos o un escenario propicio para el desarrollo de sus potencialidades, de sus talentos e inquietudes. Las razones han cambiado de igual manera, conforme cambia la realidad mundial y los acontecimientos político sociales en los diferentes rincones del planeta. 

La falta de agua, los cambios climáticos, los violentos conflictos internos, la falta de trabajo y oportunidades, la discriminación religiosa o política en sus países de origen, la migración forzada bajo engaños (trata de blancas) son solo algunas de las razones que hacen que hoy en día cerca de 200 millones de personas vivan en países distintos al de su origen y el de su familia. Se habla  de un movimiento creciente que hoy involucra al 4% de la población mundial, pero posee una dinámica imposible de detener e imposible de ignorar. 

Más que dificultar la entrada de extranjeros, poner absurdos muros y alambradas o hacer “la vista gorda” y no abordar la situación de este fenómeno, la sociedad mundial y especialmente los países desarrollados deben enfrentar la precariedad de las personas que emigran, acoger con humanidad al que por diversas razones, ha optado por el desplazamiento, otorgar un marco legal a este nuevo integrante que lo proteja de los delincuentes que lucran con la indefensión del migrante abusando con empleos sin resguardo social y fuera de toda norma, entre otros crímenes que se cometen contra éstos. 

El mundo ya no puede ser un conglomerado de feudos, la migración debe ser observada y enfrentada como uno de los derechos universales del hombre, donde las fronteras no existen ni sean una valla que impida a la mujer y al hombre migrante superar sus propios desafíos aportando con sus capacidades laborales, intelectuales y humanas al crecimiento del país receptor. Cuando los gobiernos de las grandes naciones comprendan este desafío y adopten medidas apropiadas de integración y participación, cuando sean capaces de aceptar el establecimiento de nuevas ciudadanías, que a razón de los tiempos nos transformará en ciudadanos del mundo, cuando el acceso al trabajo digno sea un derecho, solo cuando eso ocurra y se mire  al migrante como a un hermano... entonces se vivirá  sobre la tierra como verdaderos seres humanos.

Conclusión

Los flujos globales, los procesos integracionistas, las olas migratorias están obligando a repensar los problemas identitarios. Nuevas visiones en las que la exclusión cede espacio a la inclusión, fraguan los discursos desde los cuales se relee la identidad. A pesar del reconocimiento de la fragmentación social con sus múltiples lógicas y racionalidades, la  identidad se entiende ahora como incorporación de lo otro, como sí mismo en  cuanto otro.
América Latina no es ajena a estas circunstancias. Inscrita en la cultura globalizada, comparte lo mismos códigos que marcan el imaginario global, aunque  en esa dinámica pueda haber procesos de resignificación, particular de aquellos  códigos. Sometida a la marea global, se ha visto obligada a repensar, y reforzar  sus esquemas tradicionales de integración surgidos al calor de distintas condiciones históricas ó a dar a luz nuevos instrumentos en ese sentido. Simultáneamente, asoman en la región caminos que intentan, desde los espacios más  íntimos, los espacios locales, insertarse en el mundo global. Este hecho integracionista que puede asimilarse de una vez como una dimensión más de las transacciones económicas, sin embargo, tiene  también implicaciones culturales  porque envuelve maneras de pensar, asumirse, ver los otros, que se insertan en las  representaciones sociales.




Referencias Bibliográficas


·        www.monografias.com
·        reflexionessobrelaglobalizacion.blogspot.com
·        revistapensamiento.galeon.com
·        www.rena.edu.ve
·         www.ucla.edu.ve
·         www.sicht.ucv.ve













Caracas, 08 de enero de 2011 (MPPRE).- El nuevo Bloque Socialista del Parlamento Latinoamericano capitulo Venezuela, manifiestan que durante este periodo legislativo la agenda estará centrada en los procesos de integración regional, a pesar de las posiciones contra puestas en el Parlatino. Así lo manifiesta la nueva Vicepresidenta de esta instancia, Ana Elisa Osorio, durante una entrevista en el canal Telesur.
"Creemos en la integración de nuevo tipo, que considera la solidaridad entre nuestros pueblos latinoamericanos, que considera la complementariedad entre nuestros gobiernos. Impulsaremos la Alba, la Unasur, trabajaremos arduamente para nuestro ingreso al MERCOSUR y esa nueva perspectiva que se abre con la conformación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños"









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